Hace poco escribimos un artículo acerca del trastorno de estrés post-traumático (TEPT). En él, además de explicar sus síntomas y criterios para su identificación y diagnóstico, hablábamos sobre las posibilidades de que la incidencia de este trastorno crecieran cómo consecuencia de la presencia de la covid-19 en nuestra sociedad. Hoy hablaremos sobre la hipocondría.

En los últimos días las cifras de fallecidos y contagiados han ido disminuyendo. A la vez las cifras de curados y altas hospitalarias han ido en aumento.  En prensa, informativos y tertulias otros temas de conversación han ido surgiendo otros temas de conversación: ¿cómo será nuestra vida partir de esto? Ese criterio que esta tan de moda, la nueva normalidad, traerá consigo nuevos individuos, nuevos ciudadanos, con nuevas pautas de comportamiento.

Así como hicimos en el anterior artículo (sobre TEPT), quisiéramos valorar una serie de consecuencias o aprendizajes que podrían desarrollarse tras vivir en confinamiento: en la “nueva normalidad”.

Hemos pasado unas semanas en las que la preocupación y el haber tomado ciertas medidas y rituales (distancia social, limpieza, mascarillas, etc.), nos han acompañado. Ahora se avecinan tiempos más laxos en cuanto a libertad de movimientos. Sin embargo la sensación de amenaza, al menos hasta que exista una vacuna y puede que incluso aun cuando ésta llegue, seguirá ahí, aunque quizá de forma atenuada.

Estos rituales, medidas y precauciones, además de la parte objetiva de que son buenas y necesarias a la par que en muchos casos obligatorias, han sido codificados en nuestra mente como necesarios, como factores de protección para solventar crisis de este tipo, por lo tanto por reforzamiento, es muy probable, que a gran parte de la población les acompañe en esta nueva normalidad. Es decir, en las fases de la desescalada e incluso cuando ésta termine, estas conductas nos acompañarán.

Por si mismo esto no es ningún problema. Las complicaciones se generan cuando no podamos garantizar que la sensación propia de seguridad se cumpla.  Cuando se genere malestar psicológico y un perjuicio marcado en nuestra vida social y laboral.

En los últimos días se viene hablando en los medios de comunicación acerca de estos comportamientos refugio que pueden acompañar en los tiempos venideros. Hipocondría, hipocondría social y síndrome de la cabaña entre otros. En definitiva, síndromes, conductas e incluso patologías asociados, fruto y/o derivadas de la  situación actual.

En el anterior post hablamos acerca de la relación que podía existir con el TEPT. ¿Qué ocurre con la hipocondría? ¿Qué es exactamente este trastorno? ¿Puede derivarse del periodo de confinamiento o de la “nueva normalidad”? ¿Va ser este periodo una “fábrica” de hipocondriacos como se puede leer en algunos titulares?

Vamos a pasar a explicar primero en que consiste la hipocondría. Y veremos si esta sociedad temerosa del contagio podría obedecer o asemejarse más a otra patología.

La hipocondría o recientemente renombrada en Trastorno de ansiedad por enfermedad (TAE), se caracteriza por ser un trastorno donde existe una alta preocupación por padecer una enfermedad grave, existe ansiedad asociada a la salud así como que el individuo se alarme con facilidad al respecto de ésta. No existen síntomas de tipo somático u orgánico pero sí puede existir otra dolencia e incluso antecedentes familiares. Va a haber comportamientos excesivos relacionados con la salud como por ejemplo no recurrir nunca a un médico (como síntoma evitativo) o por el contrario acudir en muchas ocasiones. Otra conducta sería la de incurrir en múltiples y frecuentes comprobaciones en su cuerpo para saber si hay rastro de la enfermedad.

En el TAE, y esto es interesante, la preocupación hacia la enfermedad (en general) ha estado presente al menos en los últimos 6 meses, aunque hacia la enfermedad temida específica (coronavirus en estos tiempos) podría ser diferente.

La clave de la preocupación del sujeto es que pese a que ésta se podría deber a la señal o sensación física no patológica, la angustia del individuo no proviene fundamentalmente de la propia dolencia física o síntomas sino más bien de su ansiedad sobre la importancia, el significado o la causa de dhiicha dolencia.

En base a esto, si alguien derivado del confinamiento presentara episodios de” hipocondría” (TAE), sería alguien que ya ha padecido una serie de síntomas previos a la aparición del virus. Si bien no la preocupación específica hacia éste, sí una preocupación marcada por tener o adquirir una enfermedad médica grave no diagnosticada.

No obstante, este periodo sí que podría ser un factor de riesgo para desarrollar TEP. Algunos factores ambientales, como un estrés vital importante o una amenaza seria de padecer una enfermedad, podrían resultar fundamentales en la génesis del trastorno y sin duda la situación que vivimos en la actualidad es sensible de que muchos sujetos lo interpreten de esta manera.

La hipocondría (o TAE) recoge la ansiedad por padecer determinada enfermedad (coronavirus en este caso) y resistencia hacia la información médica tranquilizadora. En mi opinión existen otras patologías que podrían explicar mejor esta imagen de población temerosa de contraer coronavirus. Principalmente está representada por aquella que toma múltiples precauciones en que esto no ocurra mediante el uso de geles, mascarillas, distancia social, confinamiento y lo lleva a cabo de forma muy rigurosa.

Me refiero a la fobia a la enfermedad (nosofobia), que desarrollaremos en un futuro post. Ésta explica mejor ese temor a contraer una enfermedad en concreto. Presenta múltiples conductas de evitación que signifiquen (objetivamente o no) una exposición o un riesgo de contagio del estímulo temido, el virus. Hay que tener en cuenta que en este caso estaríamos hablando de un miedo muy intenso, irracional, reconocido como tal por el propio sujeto y que como el caso del TAE, interfiere significativamente con el funcionamiento normal del sujeto (laboral, social, etc.) o causa un malestar importante.

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